martes, 18 de diciembre de 2012

EL ARBOL DE NAVIDAD

Oísteis que fue dicho: "Amarás a tu prójimo y
aborrecerás a tu enemigo". Mas yo os digo:
Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que
os maldicen, haced bien a los que os aborrecen...
Porque si amarais sólo a los que os aman, ¿qué
recompensa tendréis?
¿No hacen también los mismo los malos?
Y si abrazáis a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?
¿No hacen también lo mismo hasta los malos?
Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco
vuestro padre os perdonará vuestras ofensas".
Jesús - El Sermón de la Montaña
Quico, o "el hijo de la cocinera", según le decían en la casa, preguntó a la madre:
- ¿Mamá, por qué hay tanta fiesta hoy?
- Porque es el día de Navidad, hijo - le respondió la madre, desplumando un pollo.
- ¿Y el día de la Navidad, es el día que nació Jesús?
- Sí.
- ¿Y para festejar ese día el patrón hace fiesta?
- Sí, porque el doctor y su señora son muy cristianos. Ya lo ves, habrá una gran comida, vendrán muchos invitados, ricos señores con sus esposas y sus hijos, y a la noche se colocará el árbol de Navidad.
- ¿El árbol de Navidad, mamita? ¡Qué lindo!
- ¡Oh, será una fiesta espléndida! Me dijo la mucama que van a venir más de cincuenta niños....
¡Qué lindo, mamita, qué lindo! ¡Cómo me voy a divertir! Me pondrás el traje de marinero, ese que era de Julio, y que la señora te regaló para mí.
- ¿Y para qué, hijo?
- ¡Para ir a la fiesta yo también, pues! ¿O pensás que me voy a quedar aquí, en la cocina?... ¡Allá habrá juguetes y dulces, mamá!...
- Pero no te han invitado, Quico. ¿Cómo vas a ir? Este árbol lo hacen los hijos de nuestro patrón para sus amiguitos.
- ¿Y yo no soy amigo de ellos, mamá?
- No, Quico!
- ¿No me has visto jugar a la pelota con Julito?
- Con el niño Julito, con el niño Julito; ya sabes que la señora se enojó la otra tarde porque te oyó decirle Julito a secas: el niño Julio. El niño Julito...
- ¿Bueno, no me viste jugar a la pelota con Julito, con el niño Julito?
- Sí.
- ¡Entonces, soy su amigo, pues!
- No, Quico, él es hijo del patrón, que es un señor muy rico...y vos...
La mujer se detuvo, tiró el pollo desplumado en un tacho de agua, y cogió otro.
- Y yo qué, mamá... - interrogó el niño, que se había quedado suspendido de la frase anterior, con la boca abierta y los ojos siguiendo todo lo que su madre hacía.
Tuvo que volver a preguntar porque su madre, tal vez demasiado atareada, no le respondió enseguida.
- ¿Yo, qué mamita? ¡Qué mamita, yo!...
- El hijo de la cocinera - le contestó ella al fin, en voz baja.
A Quico aquello no le aclaró nada.
- ¿Soy el hijo de la cocinera? ¡Ya lo sé! ¿Y porque soy el hijo de la cocinera... yo... acaso?
- No podés ser amigo del hijo del patrón.
Quico se quedó sin comprender todavía. Aquello era muy complicado para la lógica recta de sus once años: Si él jugaba a la pelota con Julito, ¿por qué no había de ser amigo de Julito? Quedó unos segundos en silencio y mirando a la madre. Esta seguía atareadísima desplumando pollos. Volvió a preguntarla:
- Mamá, no sé porqué yo y Julito...
- El niño Julito y yo, se dice - le corrigió la madre.
- No sé por qué yo y... el niño Julito, no vamos a ser amigos.
- ¿Pero no te lo dije, muchacho? Porque él es hijo del patrón y vos hijo de la cocinera...
- Pero yo no sé por qué...
- ¡Basta! - concluyó, impacientándose, la mujer -. ¡Andá, ayudame a pelar esas papas, y no me preguntés más! Me hacés perder tiempo y hay mucho que hacer. Quico se puso a mondar papas, resignado a no aclarar aquel enigma: ¿Por qué él, Quico, el hijo de la cocinera, que muchas veces había jugado a la pelota con Julito o con el niño Julito?... Y se le ocurrió otra pregunta:
- Mamá, ¿por qué la señora se enoja si yo le digo Julito? ¿No se llama Julito? ¿Si todos le dicen Julito?
- Se enoja porque él es hijo del patrón y vos el hijo de la cocinera...
Y calló la madre. ¡Vaya con la explicación!, pensó Quico, tan a oscuras como antes, ¡el hijo del patrón!, ¡el hijo de la cocinera!... Su madre todo lo explicaba con esto, y esto no le decía nada a él, ¡nada absolutamente! Volvió a interrogarla, tímido al principio:
- Mamá...
- ¿Qué?
- Pero acaso te enojás porque él me diga Quico a mí y no niño Quico?
Rió de buena gana la mujer.- ¡Qué muchacho éste, qué ocurrencias las tuyas, hijo! El hijo del patrón llamándole niño Quico al hijo de la cocinera... Y volvió a reír a carcajadas.
¡El hijo del patrón! ¡El hijo de la cocinera! ¡Otra vez! ¿Pero, era tonta su madre, acaso? ¿No sabía responder a sus preguntas de otro modo que con esas dos frases?... Y lo enojó verla reír:
- ¿Por qué ríes? ¡Yo no sé por qué! ¡Si no me dice niño Quico a mí, yo le diré Julito, Julito, Julito!
Gritaba. Su madre lo hizo callar, enojada también.
- ¡Fuera, vamos, fuera de la cocina!...
Quico salió corriendo. Se hizo este propósito, en voz alta: ¡No volveré hasta la noche, cuando pongan el árbol de Navidad! Y se fue a la playa, a chapuzarse en el río con otros muchachos, hijos de pescadores, sus amigos también, y a los que no debía llamarlos niño Pancho ni niña Juana ni niño Pepe; sino Pancho, Juana y Pepe, a secas, ya que sus madres no se enojaban por eso, como tampoco se enojaba la suya porque lo llamaran Quico, a secas también. ¡Vaya con las rarezas de la señora, la madre de Julito! Siempre le había sido antipática: ¡Tan seca, tan gritona! Y se vengó de ella, Quico! A solas, comenzó a gritar, hasta enronquecerse: - ¡Julito, Julito, Julito, Julito, Julitoooo!...

El rencor que sentía por la señora lo hizo meditar y, mientras se encaminaba lentamente a buscar sus amigos: Pancho, Juana y Pepe, pensó: La señora es cristiana. Quico no podía dudarlo, pues, al otro día de estar su madre conchabada en la casa, le preguntó si su hijo había hecho la primera comunión. No la había hecho: Quico creyó que la señora iba a desmayarse. Con las manos en la cabeza, gritaba:
- ¡Once años y sin hacer la comunión, oh, Dios mío! ¡Mañana mismo irá a la iglesia, a la doctrina cristiana! ¡A que lo preparen para hacer la comunión! Por eso no dudaba Quico que la señora y el señor eran cristianos. Y desde el día siguiente, por la tarde, Quico fue a la sacristía de la iglesia, donde el cura, un viejo muy simpático, le enseñó, a él y a seis chicos más, la doctrina cristiana. Primero les dijo quién fue Cristo, su vida y su muerte; luego les explicó sus hechos y milagros... A Quico, preguntón como era, se le ocurrió preguntar al cura sobre varias cosas; pero no se atrevió, le imponía respeto. El le hubiera querido preguntar, por ejemplo: - Jesús dijo:"Más liviano trabajo es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de Dios". Entonces, ¿Jesús no era amigo de los ricos? ¿Y si no era amigo de ricos, por qué el doctor y su señora que eran tan ricos, según decían todos los sirvientes, que tenían una quinta tan hermosa, dos automóviles, muebles y trajes tan costosos, por qué eran cristianos, partidarios de Cristo que no era amigo de los ricos? El muchacho no se atrevió a hacer esta pregunta. Ni esta otra que también se le ocurrió: Jesús dice: "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco nuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". Y él había visto que el doctor, una vez que un vendedor ambulante le dijo no recordaba qué osa a la señora que lo había llamado "ladrón", no lo perdonó, como Cristo mandaba, sino que llamó al mucamo y al jardinero, y entre los dos lo hizo echar a empujones a la calle, después de hacerlo golpear. Quico no olvidaba nunca que el vendedor era un viejo y el mucamo y el jardinero lo golpearon hasta sacarle sangre de la nariz, después de tirar por el suelo su mercancía. Y no olvidaba que el señor y la señora gritaban: ¡Bien! ¡Insolente! ¡Fuera! ¿Y a pesar de eso eran cristianos, partidarios de Cristo, que enseñaba a perdonar?... Jesús predicaba pobreza, mansedumbre, y la señora era rica y soberbia. El la oía gritar a las mucamas y, cuando salía de paseo, llevaba joyas y trajes riquísimos...(Continuará)
Álvaro Yunque 


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