martes, 23 de julio de 2013

Alejandro Dolina

Los justicieros


 Hace muchos años se fundó en Buenos Aires, no sin formalidades de estatuto y juramento, la Sociedad de los Reventadores, una patota de espectadores teatrales cuya finalidad era hostilizar al género chico español. 
 Los principios en nombre de los cuales procedían eran ciertamente dos: el primero, un disgusto artístico ante las obras precitadas; el segundo, un resentimiento de criollo desplazado. 
 Los Reventadores asistían a las salas teatrales a veces hasta en número de cien. Pagaban la entrada para que los eventuales gestos de rechazo formaran parte de la protesta permitida al espectador defraudado. Debe señalarse que la indignación no surgía de las torpezas artísticas que iban observando, sino que éstas eran la señal para hacer estallar unos enconos que ya traían de su casa. 
Los procedimientos eran los usuales para arruinar una función: silbidos, abucheos, frases de reprobación, rimas con la última palabra de cada parlamento y, en los casos más graves, estallido de petardos, invasión del escenario, desalojo de los actores y destrucción de las instalaciones. Con los años, la Sociedad fue decayendo o, acaso, el género chico español fue mejorando. 
Y en 1910 eran un recuerdo. Pero mucho después iba a surgir otra cofradía más rigurosa que la anterior y más secreta: hablo de Los Justicieros de las Tablas. Se ha dicho repetidamente que este grupo fue una de las tantas consecuencias de una patología clásica de los espectadores teatrales: la confusión entre lo ficticio y lo real. Sin embargo, ha venido a saberse que el jefe secreto de aquellos conjurados era nada menos que Enrique Argenti, el enloquecido director de Barracas. Los Justicieros se precipitaban al escenario cada vez que se producía un acto de maldad o de bajeza. Por regla general, trataban de impedir los crímenes y las traiciones. Muchas veces revelaban al personaje cuya muerte se tramaba lo que habían planeado los conspiradores en la escena anterior. Cuando no podían impedir los actos viles, se conformaban con castigar a los responsables. Pero hay un detalle singularísimo: durante sus invasiones ejercían una impecable conducta teatral. Es decir, se conducían como actores, con impostaciones y movimientos de notable academicismo. Para evitar ser reconocidos iban enmascarados o disfrazados.
Algunos historiadores, desconociendo la participación de Enrique Argenti tenían, sin embargo, la vaga intuición de que la Hermandad estaba integrada por actores enfurecidos por la falta de reconocimiento. Otros han hablado de empresarios inescrupulosos que enviaban Justicieros para hacer fracasar las obras de la competencia. Actores o no, la violencia era casi inevitable. Los fratricidas eran especialmente castigados. Críticos memoriosos han conservado este fragmento de Hamlet. El rey Claudio, asesino de su hermano, está planeando la muerte de su sobrino: CLAUDIO: Dale, Inglaterra, a Hamlet pronta muerte. 
Mientras no sepa que está dado el golpe, por bien que me tratare la fortuna, no hallaré paz ni dicha en parte alguna. ENRIQUE ARGENTI: ¡Qué dicha ni qué paz, juna gran siete! Ahora Hamlet rumbo a su fin se embarca; detén a tus sicarios, vamos, vete o a la primera patada en el juanete vas a volar por toda Dinamarca. A Otelo llegaron a conversarlo durante media hora para hacerle entender que Desdémona no lo engañaba. A Segismundo lo durmieron de una pina. Para aplacar a Antígona, Argenti representó el papel del finado Polinices regresando de la muerte. Por temor a estas invasiones muchos directores modificaban los diálogos y aun los argumentos, para evitar cualquier infracción a la más estricta moral. Pero con el tiempo, los principios éticos del grupo se fueron resquebrajando. Se dice que, algunas veces, los Justicieros invadían el escenario sólo para sacar ventajas personales. En 1951, Enrique Argenti se coló en la cama de Julieta. En ese mismo año, atropellaron a las bailarinas de la revista. Estos churros son porteños. También se robaron unos jarrones egipcios de la escenografía de Antonio y Cleopatra. En el momento de su apogeo, el público festejaba las apariciones de los Justicieros con impresionantes ovaciones. Pero este éxito generó una verdadera calamidad artística: ciertos empresarios voraces prepararon falsos justicieros que, siguiendo un libreto, interrumpían las escenas. Estas intervenciones eran anunciadas en el programa para atraer a los espectadores. A partir de entonces, resultó difícil distinguir entre los Justicieros originales y sus mezquinos imitadores.
 Allá por 1955, apareció un segundo grupo con fines opuestos. Se llamaron a sí mismos Los Guardaespaldas del Autor. Asistían a los teatros para garantizar el cumplimiento del plan original de cada obra y sólo se movilizaban ante la eventual aparición de los hombres de Argenti. En tales casos, subían también ellos al escenario y empezaban las controversias verbales, los empujones y los sillazos. Cada obra era entonces un campo de batalla entre la ortodoxia y la heterodoxia, entre los que querían que Edipo se acostara con su madre y los que querían impedirlo a toda costa. Algunos se entusiasmaron con estos sucesos y declararon que nacía una nueva dramaturgia. Muy pronto se comprendió que ese nuevo teatro no era otra cosa que el teatro de siempre, ya que toda obra es un encontronazo entre seres que tratan de hacer prevalecer sus deseos. 
 Los Justicieros y los Guardaespaldas se aniquilaron en su propia redundancia. Su declive fue lento: las invasiones del escenario se volvieron esporádicas, el alto precio de las entradas redujo su número y un público mayoritariamente conformista los fue aplacando a fuerza de chistidos. Hoy, ya domesticadas las muchedumbres burguesas por la vasta acción homogeneizante de la televisión, nadie se indigna ante las bajezas artísticas. Los Reventadores, Los Justicieros y aun los Guardaespaldas han desaparecido de los teatros. De Enrique Argenti no se tenían noticias. Pero la otra noche, a la hora en que estaba a punto de terminar la telenovela más exitosa, mientras los vecinos obedientes de la ciudad aceptaban pasivamente un casamiento imperdonable, se oyó una voz que resonaba desde algún patio: —¡Hijos de puta! ¡Despierten! El arte es grande y la vida es breve. Apaguen el televisor y salgan a la calle a vivir, a vivir que nos estamos muriendo… 
 Fuente: Libro: Bar del infierno 
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