miércoles, 25 de enero de 2012

Eduardo Mallea

No pasa de ser un engaño creer que nuestros amores y nuestros odios se originan al azar; esos sentimientos elementales hacen de nosotros criaturas elementales, nos recogen, antes de devolvernos en la pasión con mayor fuerza, en las playas de nuestro propio yo, y cuánto más cerca estamos de nosotros es cuando somos más elementales; no se ama ni se odia de un modo instintivo e infantil, y aun en el amante más parco de corazón, esos movimientos del ánimo lo tienen todo de borrasca y nada de reflexiva continuidad; oscura borrasca querer y oscura borrasca odiar, como es oscuro todo en el niño que llora y ríe según secretos humores; oscuro e instintivo, pero con nada de azar; todo, como en el niño, atado a leyes inmanentes en cada organismo. Lo que odiamos y lo que amamos son el fruto del extraño florecimiento de nuestro grano una vez muerto, la especie de bien que puede al fin conceder libertad a la confusa, compleja y contradictoria maraña de nuestros males; odiar y amar son: saber al fin lo que queremos; y tal vez el único modo que tiene el hombre de abrirse paso en sí y salir afuera, forma por la que escapa un día de su intrincada selva."... Eduardo Mallea


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