miércoles, 25 de diciembre de 2013

Milagros de Navidad

Había una vez, en un pequeño pueblo, un viejo cura párroco famoso y respetado por su sabiduría y su bondad. 
Su parroquia, bastante alejada de la plaza central del pueblo, se mantenía casi ignorada y oscura durante todo el año. 
Sin embargo, cada diciembre cuando se acercaba la Navidad, la calle entera de la iglesia parecía adquirir luz propia. 
Es verdad que el desproporcionado árbol de Navidad que el anciano armaba en el ciprés de la vereda, frente a la iglesia, irradiaba un brillo incomparable, pero no era sólo eso
 Cada ladrillo del frente del viejo edificio parecía iluminarse desde adentro y alumbrar la que hasta unas horas antes era una de las calles más oscuras del barrio. Desde la otra punta del pueblo se veía la luminosidad que parecía expandirse desde la vieja parroquia elevándose en el cielo. 
Quizá por eso, quizá por la nobleza del viejo cura, hombre puro de alma y espíritu y sacerdote de fe inquebrantable, quizá por la suma de todas las cosas, la Navidad traía al pueblo un hecho que para muchos representaba su milagro navideño. 
Cada año, para estas fechas, todos los que tenían un deseo insatisfecho, una herida en el alma o la imperiosa necesidad de algo importante que no habían podido lograr, iban a ver al viejo cura. El se reunía con ellos, los escuchaba, y los convocaba para que prepararan su corazón para un milagro antes de la Natividad. Cuando el día esperado llegaba y todos estaban reunidos frente a la parroquia, el cura encendía algunas velas más alrededor del árbol, y luego recitaba una oración en voz muy baja (como si fuera para él mismo). 
Dicen, que cada Navidad Dios escuchaba las palabras del párroco cuando hablaba. Dicen que a Dios le gustaban tanto las palabras que decía, dicen que se fascinaba tanto con aquel árbol de Navidad iluminado de esa manera, dicen que disfrutaba tanto de esa reunión cada Nochebuena, que no podía resistir el pedido del cura y concedía los deseos de las personas que ahí estaban, aliviaba sus heridas y satisfacía sus necesidades. Cuando el anciano murió, y se acercaron las navidades, la gente se dio cuenta que nadie podría reemplazar a su querido párroco. Cuando llegó diciembre, sin embargo, decidieron de todas maneras armar el árbol de Navidad frente a la parroquia e iluminarla como lo hacía en vida el sacerdote. Y esa Nochebuena, siguiendo la tradición que el cura había instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunieron en la vereda y encendieron velas como lo hacía el viejo párroco. Se hizo un silencio. Nadie sabía lo que el viejo párroco decía cuando el árbol se iluminaba por completo. Como no conocían las palabras, empezaron a cantar una canción, recitaron unos salmos, y al final se miraron a los ojos compartiendo en voz alta sus dolores, alegrías y temores en ese mismo lugar, alrededor del árbol. Y dicen… que Dios disfrutó tanto de esa gente reunida alrededor del ciprés, frente a la vieja parroquia, hermanados en sus deseos, que aunque nadie dijo las palabras adecuadas, igual sintió el deseo de satisfacer a todos los que ahí estaban. 
Y lo hizo. Desde entonces, cada Nochebuena en aquella parroquia, alrededor de ese árbol tan especial, algunos milagros ocurrían. 
El tiempo ha pasado y de generación en generación, la sabiduría se ha ido perdiendo. Y aquí estamos nosotros. 
Nosotros no sabemos cuál es el pueblo donde está la parroquia. 
Nunca conocimos al bondadoso anciano y mucho menos sabemos cuáles eran sus mágicas palabras. 
Nosotros ni siquiera sabemos cómo armar nuestro árbol de la manera en que él lo hacía. Sin embargo, hay dos cosas que sí sabemos: sabemos esta historia, y sabemos que Dios adora tanto este cuento, que disfruta tanto de las historias navideñas, que basta que alguien cuente esta leyenda y que alguien la escuche, para que Él, complacido, satisfaga cualquier necesidad, alivie cualquier dolor y conceda cualquier deseo a todos los que todavía, aunque sea un poco, creen en la magia de la Navidad. 
Jorge Bucay

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sábado, 21 de diciembre de 2013

Animarse a volar

Y cuando se hizo grande, su padre le dijo: 
 -Hijo mío, no todos nacen con alas. 
Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
 -Pero yo no sé volar – contestó el hijo. 
 -Ven – dijo el padre. 
Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.
 -Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. 
Una vez en el aire extenderás las alas y volarás... 
 El hijo dudó. -¿Y si me caigo? 
 -Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.

 photo MASK90712.png El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida. 
 Los más pequeños de mente dijeron: 
 -¿Estás loco? -¿Para qué?
 -Tu padre está delirando... 
 -¿Qué vas a buscar volando? 
 -¿Por qué no te dejas de pavadas?
 -Y además, ¿quién necesita? 
 Los más lúcidos también sentían miedo: -¿Será cierto?
 -¿No será peligroso? 
 -¿Por qué no empiezas despacio? 
 -En todo casa, prueba tirarte desde una escalera. 
 -...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?
 El joven escuchó el consejo de quienes lo querían. 
 Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó... 
 Desplegó sus alas. Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra... Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:
 -¡Me mentiste! No puedo volar. 
Probé, y ¡mira el golpe que me di!. 
No soy como tú. 
Mis alas son de adorno... – lloriqueó. 
 -Hijo mío – dijo el padre 
– Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. 
 Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
 Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo. 
 Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.
 Jorge Bucay

domingo, 15 de diciembre de 2013

Abuelos de la nada

Este grupo tuvo origen en La Cueva por iniciativa de Miguel Abuelo y Pipo Lernoud. En realidad, recorrieron el camino inverso que cualquiera de las bandas de la época. Abuelo acompañó a Lernoud a la compañía discográfica y, repentinamente, el manager le preguntó si él también tenía su grupo. Ahí nomás, Abuelo inventó el nombre y acordó grabar a los tres meses. Debió, entonces, encontrar los músicos que lo secundaran. El guitarrista Claudio Gabis no aceptó unirse a Los Abuelos porque ya estaba ensayando con Manal, pero sí accedió a grabar con ellos. Luego entraría Norberto Pappo Napolitano como guitarrista estable. Esa primera formación quedaría integrada, entonces, con Miguel Abuelo (voz), Héctor "Pomo" Lorenzo (batería), Alberto Lara (bajo), Micky Lara (guitarra), Eduardo "Mayoneso" Fanacoa (teclados) y Pappo (guitarra). El simple que lograron grabar incluía "Diana Divaga" y "Tema en flu sobre el planeta", pero el disco no se editó, sino que solamente tuvo alguna pobre difusión en radios. A los pocos meses, por "diferencias musicales", la agrupación decide disolverse. Abuelo se radicó en España y Pappo continuó un tiempo al frente del grupo, con una inclinación más hacia el blues. Junto a Cachorro Lopez, Miguel Abuelo regresa a la Argentina en 1979 y comienza la segunda etapa de Los Abuelos. Graban unos demos en 1981 y consiguen muchísima difusión en las radios. Editan "Guindilla ardiente" y "Mundos in mundos", dos simples. Sin dudas hay que remarcar la presencia de Andrés Calamaro en la banda, por entonces casi un adolescente que estaba a punto de formar una banda con Zeta Bosio cuando lo llamó Abuelo. Calamaro arrimó el sonido del grupo hacia el pop y el new wave de los 80, y compuso y cantó los que tal vez sean los dos éxitos más importantes del grupo: "Sin Gamulán" y "Mil Horas". El primer álbum ("Los Abuelos de la Nada", 1982) fue producido por Charly García, mientras éste componía Pubis Angelical. Contenía hits que se convertirían en clásicos: "Sin gamulán" y "No te enamores nunca de aquel marinero bengalí". El mismo García apadrinó el show presentación en el teatro Coliseo, en el cual tuvieron tanto éxito que los animó a iniciar una gira por el interior, que no pararía hasta fines de ese mismo año. La amistad de la banda con Charly terminaría por dar grandes resultados: los invitó a participar, como grupo soporte, de su presentación en Ferro, en diciembre de 1982, junto a Suéter. El primer Obras llegó en junio del '83, donde adelantaron material: "Espía de Dios", "No se desesperen" y "Sor Teresa". Estos temas se incluirían en la segunda placa, "Vasos y Besos", que se editaría a fines de ese año. El crecimiento de la banda quedaría demostrado con el show en el estadio de Velez, "descorchando el '84 con Vasos y Besos", sólo un diciembre después de la invitación de García a telonearlo. El tercer disco, "Himno de mi corazón" (1984) fue presentado en el Teatro Coliseo, en diciembre. Sin Melingo ni Bazterrica y con Afredo Desiata y Gringui Herrera en reemplazo, registraron los conciertos del Teatro Opera para sacar un disco en vivo. En noviembre de 1985 se presentaron en el Festival Buenos Aires Rock & Pop, junto a Charly García, Nina Hagen, INXS y Fito Páez. El show sufrió muchos problemas de organización, lluvia torrencial e inoportunos cortes de luz. En el campo de juego, la violencia entre el público se incrementaba por las demoras. Miguel Abuelo cerró el show entonando "Himno de mi corazón", con la cara ensangrentada por un botellazo que había recibido. Para el último trabajo discográfico de Los Abuelos ("Cosas mías", 1986) ya la banda era distinta: Abuelo (voz), Kubero Díaz (guitarra), Juan Del Barrio (teclados), Marcelo Fogo (bajo) y Polo Corbella (batería). Con esta formación brindaron varios recitales, pero la convocatoria había descendido considerablemente. La agrupación se disolvió definitivamente a fines del '86. Miguel Abuelo murió de sida el 26 de marzo de 1988. Cachorro López editó dos recopilaciones (en 1994 y 1995) con remasterizaciones y una versión bailable de "Marinero Bengalí". http://www.rock.com.ar/

viernes, 13 de diciembre de 2013

El mar y la serpiente.

"Digo ¿y papá? 
Me dice, no sé. 
Papá se fue en bici. 
Papá se perdió. 
Digo, ¿papá se perdió? 
Mamá me mira. 
No habla. 
Le cae mucha agua de los ojos." 
.... "Mamá dice, cuando te morís, 
el cuerpo no sirve más. 
Ahora papá nos mira desde el cielo. 
Dice, no lo vamos a ver más 
pero él sí nos ve. 
Desde el cielo." .... 
"Hoy nos faltan 30.000 personas con nombre y apellido. 
30.000 es un montón de gente." 
.... 
Resumen del libro. 
La historia transcurre en tres momentos, que corresponden a etapas significativas del pasado reciente (1975, la inminencia del golpe y la represión; 1983, el fin de la dictadura; 1985, el juicio a las juntas militares). 
Primera sorpresa: la narración está a cargo de una nena, cuyo padre ha desaparecido. 
Con sencillez y estricta economía, la dificultad de hacer hablar al personaje se convierte en un factor de suspenso.
 La protagonista enfrenta un muro de silencio y sin comprender lo que ocurre desarrolla una aguda percepción de las simulaciones y los eufemismos que circulan a su alrededor. 
En un segundo momento, cuando crece, la madre le cuenta esos hechos que desconocía y también los que ella misma protagonizó, aunque ya no los recuerda: la vida clandestina, la protección de amigos y compañeros, la fuga a Buenos Aires. 
La amnesia es significativa, pero Bombara no hace ningún comentario, deja que el lector elabore las interpretaciones. Otro rasgo notable es que con las estrictas palabras necesarias irradia un sentido complejo: la protagonista aprende por ejemplo que “no todo tiene respuesta”, y esa simple frase basta para condensar un drama con huecos que no pueden ser cubiertos y dejan, en suspenso, las preguntas. mar y la serpiente, primera novela de Paula Bombara, propone un doble recorrido por la historia de vida de una niña pero también por la historia de nuestro país. Así, el Golpe de Estado del 24 de Marzo de 1976, la instauración de aquel gobierno dictatorial asumido por la Junta militar de Videla, Massera y Agosti, la desaparición de 30.000 argentinos, la tortura física y psicológica como método para la extorsión, los centros clandestinos de detención, los habeas corpus, el secuestro de centenares de criaturas, configuran el contexto histórico desde el que la voz de la propia protagonista relata- en primera persona- los acontecimientos recurriendo a una desvencijada memoria individual que es, a la vez, colectiva. Los tres capítulos que estructuran la novela, describen el trayecto comprendido entre la niñez y la adolescencia de esta hija de militantes que deambula como extranjera por su propio pasado, presente y futuro. 
El mar es la infancia. Manso, acuna y bravío, anuncia el peligro. La desaparición del padre señala el comienzo del fin de la ingenuidad. La inocencia se desvanece. 
El mundo y el lenguaje de los adultos no se comprenden y la niña se angustia frente a lo que no se puede entender.
 La playa es el refugio posible para escapar al dolor y al desarraigo. 
Ante la imposibilidad de permanecer ajena a la amenaza de una realidad irremediable, las ideas, inquietas, desordenan el pensamiento y entre el pensar y el decir se abre un abismo como el que separa a la verdad de la mentira. 
La serpiente es el testimonio del sobreviviente. Cosida por su madre en el tiempo de cautiverio donde todo es muerte, entre los gritos de los torturados y la tibia esperanza del pronto reencuentro con su hija, la serpiente de trapo atestigua el martirio en cada retazo. Vuelta a la libertad y a la vida, la madre entrega a su hija ya adolescente, este juguete que abre desde el presente el interrogante sobre el pasado. Una composición. Tema: los desaparecidos. La dificultad de escribir y de escribirse. La vergüenza de decir y de decirse. 
Un trabajo práctico como excusa para levantar la pesada puerta de hierro y perseverar en la búsqueda de respuestas. 
Perderse y encontrarse. 
El verdadero y único propósito: saber quién se es. 

 Autora: PAULA BOMBARA

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