viernes, 8 de noviembre de 2013
Andrés Calamaro
Andrés Calamaro
Tecladista de "Los Abuelos de la Nada", Andrés Calamaro debuta como solista en 1984 con "Hotel Calamaro", con melodías simples y bailables, se transformaría luego en uno de los solistas más populares, reconocidos y prolíficos del rock nacional.
En su primer disco se encuentran temas como "Así es el calor" o "Levantando Temperatura" que si bien son de su autoría ya los cantaba con "Los Abuelos de la nada".
Para su segundo trabajo "Vida Cruel" de 1985, Calamaro contaba con una excelente banda integrada por Richard Coleman y Gringui Herrera en guitarras, Cano en bajo, Fabian Von Quintiero en teclados y Fernando Samalea en Batería. El disco contenía el hit "Acto Simple" y aparecen como invitados Charly García, Ariel Rot, Roberto Petinatto y Daniel Melingo entre otros.
En mayo de 1988 edita "Por Mirarte", uno de los discos mas equilibrados de su carrera con un adecuado balance de Baladas, Pop, algo de Funk y Folk. Este trabajo dejaría clásicos como el tema que da nombre al disco y "Cartas sin marcar".
A lo largo de su extensa y prolífica carrera solista, Calamaro compuso infinidad de hits. En el año 2000 edita un CD que se transforma en el trabajo más extenso de la historia del Rock Argentino, el mismo consiste en una caja quíntuple y cerca de cien canciones.
Durante el periodo 2000-2003, Calamaro no realiza presentaciones en vivo y se encierra a componer llegando a completar la friolera de 300 cassettes, que el músico difunde solo en parte, a traves de Internet.
El 16 de febrero de 2004 edita "El Cantante" donde se lo observa visiblemente alejado del Pop y del rock de otras épocas. "El Cantante" presenta solo tres nuevas canciones de Calamaro ("Las oportunidades", "Estadio Azteca" y "La libertad") el resto es un conglomerado de versiones de clásicos argentinos y latinoamericanos donde se observan tangos como "Malena" y "Volver" que abren el cd, folclore con el imponente "El arriero" de Atahualpa Yupanqui y boleros como "La distancia" y "Algo contigo" entre otros.
Para este nuevo trabajo Andres se opoyo en la guitarra del Niño Josele, el bajo de Alain Pérez la Trompeta y bongó de Jerry González y el acordeón de Javier Colina.
El 2005 será recordado como el año del retorno de Calamaro a los escenarios, el solista ya había hecho algunas apariciones en el verano, siendo invitado por bandas como La Bersuit, Los Decadentes e Intoxicados entre otros, pero fueron los Bersuit Vergarabat los que impulsaron al salmón a volver a los escenarios, brindándose como su banda de apoyo en el escenario.
Así el 18, 19 y 20 de abril de 2005, Calamaro retorna a los escenarios porteños con tres recitales a estadio lleno, en el Luna Park, que lo muestran en muy buena forma luego de seis años sin tocar en Buenos Aires, de estos shows sale en noviembre del 2005 El regreso su primer trabajo en vivo.
En Abril de 2006 la industria de la música lo reconoce con cuatro premios Carlos Gardel entre ellos el Gardel de Oro, máximo galardón que se entrega. En Mayo edita "Tinta Roja" un trabajo donde incluye una serie de tangos que grabó con varios invitados.
"El Palacio de las Flores", sale a la venta en noviembre de 2006 y se convierte en su nuevo disco de estudio que grabó junto a su admirado Litto Nebbia, este trabajo viene a cerrar un capitulo de discos sin canciones nuevas - El regreso, Tinta roja y el CD+DVD Made in Argentina -, "El post-Salmón es un período de letras de esperanza, de libertad, de presidios, política y sociedad. El Palacio. .. es un disco florido, evocativo y reflexivo", sentencia Calamaro sobre su última obra, el álbum contiene 17 temas, 7 de ellos propios, 5 de Nebbia y 4 firmadas por ambos.
Durante diciembre de 2006 Calamaro se junta con Ariel Rot (ambos Los ex Rodriguez) y realizan dos shows con entradas agotadas en el estadio Luna Park de Capital.
En marzo de 2007, Capif cámara que agrupa a las empresas discográficas en la Argentina, lo premia como "Personalidad del Año 2007".
Un nuevo trabajo llamado "La Lengua Popular" sale a la venta en septiembre de 2007 y rápidamente se posiciona liderando los rankings de música en Argentina con su tema "Cinco minutos más (Minibar)".
A principios de 2008 realiza un gira por varias ciudades del interior de Argentina con un gran exito de convocatoria.
Marzo de 2008 encuentra a Calamaro nuevamente como el gran protagonista en la entrega de los "Premios Gardel a la Música", el cantante se lleva el preciado "Gardel de Oro", premio que obtuvo por segunda oportunidad siendo el único artista que lo consiguió en los diez años de existencia del galardón, Andrés además, obtuvo otras cinco estatuillas: Álbum del año por "La lengua popular", Canción del año por "5 minutos más (minibar)"; Álbum artista de rock por "La lengua popular"; Videoclip del año por "Carnaval de Brasil" de "La lengua popular", dirigido por Claudio Divella; y Diseño de portada por "La lengua popular" ilustrado por Liniers.
En noviembre de 2008 recibe en España, el premio Ondas, uno de los más prestigiosos lauros en materia de música, radio y televisión que se entregan en España, como el mejor artista latino 2008 por su álbum "La lengua popular".
El día 19 de diciembre de 2008, Calamaro se presenta como invitado de El Indio Solari en el Estadio Único de La Plata, haciendo 3 temas a dúo. Días después edita junto a Raíces (Calamaro, Beto Satragni, Jimmy Santos y el Negro Tordo), "Raíces 30 años" un nuevo disco de la legendaria banda de la cual formara parte a fines de los 70.
Durante 2009, edita "Andrés, obras incompletas" un trabajo presentado en un box-set de seis discos, dos DVDs y un libro, con recopilaciones, inéditos y rarezas desplegados a lo largo de 108 canciones. Debido a lo oneroso del box, también tuvo una edición resumida en un solo CD con sólo 18 temas.
En Junio de 2010, presenta su disco “On the rock” en el Luna Park con tres shows que incluyeron los temas de su nuevo trabajo mas unos cuantos, de sus tantos, éxitos históricos y la dedicatoria para Gustavo Cerati. El disco rápidamente se ubica al tope de las ventas en Argentina.
En mayo de 2011 edita "Salmonalipsis Now", Celebrando una década de ese monumento musical que es "El Salmón", Calamaro lanza este álbum doble que reúne 49 temas editados en la placa original, y 5 temas inéditos.
Web oficial
www.calamaro.com/bio/bio.asp
Andrés Calamaro (@calamarooficial): Twitter Oficial de Andrés Calamaro. Buenos Aires, Argentina.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Extravío
Sólo enfermando al vecino, es como uno se convence de su propia salud.
Fedor Dostoievsky
Cuando yo era chica, pasaba frente a nuestra casa, en la esquina de Mariano Moreno y Río Negro*, todos los mediodías, un hombre con un pequeño paquete en la mano.
Martinato se llamaba (o se llama, porque acaso viva todavía). Aunque no tenía reloj, Martinato sabía siempre la hora exacta. Se decía que vivía contando los pasos, equivalentes a segundos. Si así era, pienso que podía saber con exactitud acerca del tiempo porque a eso -al tiempo- le dedicaba todo su tiempo. Muchos años después, ya convertida en una mujer grande, tuve por vecino en mi casa de Villa Allende, a un hombre a quien llaman El Caminante.
Desde los dieciocho años, edad en la que -eso dicen- murió su madre y él -uso estas experiones sin conocerlas del todo- "tuvo un brote psicótico", el caminante camina -con una gruesa campera, tanto en invierno como en verano- desde la mañana hasta la noche, desde su casa que está junto a mi casa, hasta el cementerio viejo y desde ahí otra vez hasta su casa.
No sé bien por qué estos episodios vienen juntos a mi memoria, acompañando a un tercero: un recuerdo antiguo, fundante para mí, que también tiene que ver con el caminar.
Cuando era muy chica y apenas si sabía decir mi nombre me mandaron con un papelito en la mano (un papel escrito por mi madre) a hacer una compra. Supongo que porque era tan chica (o porque por primera vez me habían mandado a hacer una compra) yo temía perderme. Así que caminé mirándome los zapatos, en la creencia infantil -pero no demasiado lejana a la verdad- de que uno está donde están sus pies. Y de tanto mirarme los pies, me distraje de otros menesteres y me perdí. Me encontró el cartero, un hijo del Maestro Bono, me preguntó si mi mamá se llamaba Cleofé, me cargó en el canasto de las cartas que estaba adosado a su bicicleta y me llevó de regreso a casa.
¿Qué tienen en común un hombre extraño, un enfermo y una niña distraída?¿ Qué los separa? No sé si el recuerdo es tan vívido para mí porque llevaba en la mano la letra de mi madre, o porque descubrí que era hija de una mujer que tenía un nombre inusual, o porque quien me llevó a casa era el hijo del Maestro (había una sola persona en mi pueblo de quien pudiéramos decir simplemente: el maestro) o porque aquel hombre me puso en el canasto donde se llevan los mensajes, o porque tuve conciencia por primera vez del extravío.
De hecho, Extravío es la palabra con que titulé un poema construido a partir de ese recuerdo, tantos años después. Ya lo dice el lenguaje popular: hay que estar bien plantado, hay que vivir con los pies en la tierra, por contraposición a andar con la cabeza en las nubes. Oscilación entre el deseo de extraviarse y el esfuerzo por seguir pegado a la realidad. En ese oscilar que a veces asusta, que a veces abisma, está el momento de creación.
Sé que hay límites entre la salud y la falta de ella (allí donde usted nada, ella se ahoga, le habían dicho a Joyce -creo que se lo había dicho Freud- en relación a su hija Lucía), pero ¿dónde están esos límites?, ¿hasta dónde uno puede extraviarse y regresar cuando quiere a casa?.
¿Hasta dónde alguien que transporta las palabras puede encontrarnos (o hacer que nos encontremos) y llevarnos consigo en su canasto hasta donde estemos a salvo?
(*) En Oliva, pueblo donde me crié y sede del Asilo de Alienados Colonia Dr. Emilio Vidal Abal.
María Teresa Andruetto
Fedor Dostoievsky
Cuando yo era chica, pasaba frente a nuestra casa, en la esquina de Mariano Moreno y Río Negro*, todos los mediodías, un hombre con un pequeño paquete en la mano.
Martinato se llamaba (o se llama, porque acaso viva todavía). Aunque no tenía reloj, Martinato sabía siempre la hora exacta. Se decía que vivía contando los pasos, equivalentes a segundos. Si así era, pienso que podía saber con exactitud acerca del tiempo porque a eso -al tiempo- le dedicaba todo su tiempo. Muchos años después, ya convertida en una mujer grande, tuve por vecino en mi casa de Villa Allende, a un hombre a quien llaman El Caminante.
Desde los dieciocho años, edad en la que -eso dicen- murió su madre y él -uso estas experiones sin conocerlas del todo- "tuvo un brote psicótico", el caminante camina -con una gruesa campera, tanto en invierno como en verano- desde la mañana hasta la noche, desde su casa que está junto a mi casa, hasta el cementerio viejo y desde ahí otra vez hasta su casa.
No sé bien por qué estos episodios vienen juntos a mi memoria, acompañando a un tercero: un recuerdo antiguo, fundante para mí, que también tiene que ver con el caminar.
Cuando era muy chica y apenas si sabía decir mi nombre me mandaron con un papelito en la mano (un papel escrito por mi madre) a hacer una compra. Supongo que porque era tan chica (o porque por primera vez me habían mandado a hacer una compra) yo temía perderme. Así que caminé mirándome los zapatos, en la creencia infantil -pero no demasiado lejana a la verdad- de que uno está donde están sus pies. Y de tanto mirarme los pies, me distraje de otros menesteres y me perdí. Me encontró el cartero, un hijo del Maestro Bono, me preguntó si mi mamá se llamaba Cleofé, me cargó en el canasto de las cartas que estaba adosado a su bicicleta y me llevó de regreso a casa.
¿Qué tienen en común un hombre extraño, un enfermo y una niña distraída?¿ Qué los separa? No sé si el recuerdo es tan vívido para mí porque llevaba en la mano la letra de mi madre, o porque descubrí que era hija de una mujer que tenía un nombre inusual, o porque quien me llevó a casa era el hijo del Maestro (había una sola persona en mi pueblo de quien pudiéramos decir simplemente: el maestro) o porque aquel hombre me puso en el canasto donde se llevan los mensajes, o porque tuve conciencia por primera vez del extravío.
De hecho, Extravío es la palabra con que titulé un poema construido a partir de ese recuerdo, tantos años después. Ya lo dice el lenguaje popular: hay que estar bien plantado, hay que vivir con los pies en la tierra, por contraposición a andar con la cabeza en las nubes. Oscilación entre el deseo de extraviarse y el esfuerzo por seguir pegado a la realidad. En ese oscilar que a veces asusta, que a veces abisma, está el momento de creación.
Sé que hay límites entre la salud y la falta de ella (allí donde usted nada, ella se ahoga, le habían dicho a Joyce -creo que se lo había dicho Freud- en relación a su hija Lucía), pero ¿dónde están esos límites?, ¿hasta dónde uno puede extraviarse y regresar cuando quiere a casa?.
¿Hasta dónde alguien que transporta las palabras puede encontrarnos (o hacer que nos encontremos) y llevarnos consigo en su canasto hasta donde estemos a salvo?
(*) En Oliva, pueblo donde me crié y sede del Asilo de Alienados Colonia Dr. Emilio Vidal Abal.
María Teresa Andruetto
domingo, 3 de noviembre de 2013
LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ
La historia que voy a contarles sucedió hace muchísimos años en el corazón de Siam.
Siam es la tierra donde viven los tai.
Una tierra de arrozales atravesada por las aguas barrosas del Menam.
Hace muchísimos años, el Rey de los tai se llamaba Ananda.
Ananda tenía una hija.
La princesa Nan.
Y Nan estaba enferma.
Languidecía.
Ananda, que era un rey poderoso y amaba a su hija, consultó a los sabios del reino.
Y los sabios más sabios del reino dijeron que la princesa Languidecía de aburrimiento.
-¿Qué la puede curar? -preguntó el Rey con la voz en un temblor.
- Par sanar -contestaron los sabios-, deberá ponerse la camisa de un hombre feliz.
- ¡Qué remedio tan sencillo! -suspiró aliviado el Rey.
Yordenó a su asistente que fuera a buscar al primer hombre feliz que encontrara, para pedirle la camisa.
El asistente salió a buscar.
Recorrió uno a uno los enormes salones del palacio.
Habitaciones tapizadas de esteras.
Adornadas con paños de seda colorida.
Aromosas a sándalo.
Y regresó sorprendido adonde estaba el Rey.
-Señor mío - le dijo-, he recorrido los salones de todo el palacio y no he encontrado hombre alguno que fuera feliz.
El rey, más sorprendido aún, mandó a llamas a todos sus servidores y les ordenó que recorrieran el reino de parte a parte.
De Norte a Sur. De Este a Oeste. Hasta encontrar a un hombre que fuera feliz y pedirle la camisa. Los servidores recorrieron reino de parte a parte.
Buscaron entre los tai más honorables.
Pero no había entero los tai más honorables, hombres felices.
Buscaron entre los escribas, cultos y sensibles. Pero no había entre los escribas, hombres felices. Entonces buscaron entre los trabajadores de seda.
Entre los trenzadores de bambú. E
ntre los sembradores de adormideras.
Entre los fabricantes de barcazas.
Entre los pescdores de ostras.
Entre los campesinos sencillos.
Pero entre todos ellos no había un solo hombre que fuera feliz.
Hasta que llegaron al último pántano del reino y le preguntaron al mas pobre de los arroceros:
-En nombre del Renoty Nuestro Señor, dínos si en verdad eres feliz.
El más pobre de los arroceros contestó que sí, y los servidores de Ananda le pidieron la camisa. Pero él no tenía camisa.
María Teresa Andruetto

Ananda tenía una hija.
La princesa Nan.
Y Nan estaba enferma.
Languidecía.
Ananda, que era un rey poderoso y amaba a su hija, consultó a los sabios del reino.
Y los sabios más sabios del reino dijeron que la princesa Languidecía de aburrimiento.
-¿Qué la puede curar? -preguntó el Rey con la voz en un temblor.
- Par sanar -contestaron los sabios-, deberá ponerse la camisa de un hombre feliz.
- ¡Qué remedio tan sencillo! -suspiró aliviado el Rey.
Yordenó a su asistente que fuera a buscar al primer hombre feliz que encontrara, para pedirle la camisa.
El asistente salió a buscar.
Recorrió uno a uno los enormes salones del palacio.
Habitaciones tapizadas de esteras.
Adornadas con paños de seda colorida.
Aromosas a sándalo.
Y regresó sorprendido adonde estaba el Rey.
-Señor mío - le dijo-, he recorrido los salones de todo el palacio y no he encontrado hombre alguno que fuera feliz.
El rey, más sorprendido aún, mandó a llamas a todos sus servidores y les ordenó que recorrieran el reino de parte a parte.
De Norte a Sur. De Este a Oeste. Hasta encontrar a un hombre que fuera feliz y pedirle la camisa. Los servidores recorrieron reino de parte a parte.
Buscaron entre los tai más honorables.
Pero no había entero los tai más honorables, hombres felices.
Buscaron entre los escribas, cultos y sensibles. Pero no había entre los escribas, hombres felices. Entonces buscaron entre los trabajadores de seda.
Entre los trenzadores de bambú. E
ntre los sembradores de adormideras.
Entre los fabricantes de barcazas.
Entre los pescdores de ostras.
Entre los campesinos sencillos.
Pero entre todos ellos no había un solo hombre que fuera feliz.
Hasta que llegaron al último pántano del reino y le preguntaron al mas pobre de los arroceros:
-En nombre del Renoty Nuestro Señor, dínos si en verdad eres feliz.
El más pobre de los arroceros contestó que sí, y los servidores de Ananda le pidieron la camisa. Pero él no tenía camisa.
María Teresa Andruetto
viernes, 1 de noviembre de 2013
El árbol de lilas
Pasó un señor rico y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de trabajar y hacer dinero?
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó una mujer hermosa y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de conquistarme?
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó un niño y le preguntó: ¿Qué hace Usted, señor, sentado bajo este árbol, en vez de jugar?
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó la madre y le preguntó: ¿Qué hace este hijo mío, sentado bajo un árbol, en vez de ser feliz?
Y el hombre le contestó:
Espero.
DOS
Ella salió de su casa.
Cruzó la calle, atravesó la plaza y pasó junto al árbol florecido de lilas.
Miró rápidamente al hombre.
Al árbol.
Pero no se detuvo.
Había salido a buscar, y tenía prisa.
El la vio pasar,
alejarse,
volverse pequeña,
desaparecer.
Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.
Ella fue por el mundo a buscar.
Por el mundo entero.
En el Este había un hombre con las manos de seda.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
Lo siento, pero no,
dijo el hombre con las manos de seda.
Y se marchó.
En el Norte había un hombre con los ojos de agua.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
No lo creo, me voy,
dijo el hombre con los ojos de agua.
Y se marchó.
En el Oeste había un hombre con los pies de alas.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
Te esperaba hace tiempo, ahora no,
dijo el hombre con los pies de alas.
Y se marchó.
En el Sur había un hombre con la voz quebrada.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
No, no soy yo,
dijo el hombre con la voz quebrada.
Y se marchó.
TRES
Ella siguió por el mundo buscando, por el mundo entero.
Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.
La gitana la miró y le dijo:
El que buscas espera, bajo un árbol, en una plaza.
Ella recordó al hombre con los ojos de agua, al que tenía las manos de seda, al de los pies de alas y al que tenía la voz quebrada.
Y después se acordó de una plaza, de un árbol que tenía flores lilas, y del hombre que estaba sentado a su sombra.
Entonces se volvió sobre sus pasos, bajó la cuesta, y atravesó el mundo. El mundo entero.
Llegó a su pueblo, cruzó la plaza, caminó hasta el árbol y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:
¿Qué hacés aquí, sentado bajo este árbol?
Y el hombre dijo con la voz quebrada:
Te espero.
Después él levantó la cabeza y ella vio que tenía los ojos de agua,
la acarició y ella supo que tenía las manos de seda,
la llevó a volar y ella supo que tenía también los pies de alas.
María Teresa Andruetto
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó una mujer hermosa y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de conquistarme?
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó un niño y le preguntó: ¿Qué hace Usted, señor, sentado bajo este árbol, en vez de jugar?
Y el hombre le contestó:
Espero.
Pasó la madre y le preguntó: ¿Qué hace este hijo mío, sentado bajo un árbol, en vez de ser feliz?
Y el hombre le contestó:
Espero.
DOS
Ella salió de su casa.
Cruzó la calle, atravesó la plaza y pasó junto al árbol florecido de lilas.
Miró rápidamente al hombre.
Al árbol.
Pero no se detuvo.
Había salido a buscar, y tenía prisa.
El la vio pasar,
alejarse,
volverse pequeña,
desaparecer.
Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.
Ella fue por el mundo a buscar.
Por el mundo entero.
En el Este había un hombre con las manos de seda.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
Lo siento, pero no,
dijo el hombre con las manos de seda.
Y se marchó.
En el Norte había un hombre con los ojos de agua.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
No lo creo, me voy,
dijo el hombre con los ojos de agua.
Y se marchó.
En el Oeste había un hombre con los pies de alas.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
Te esperaba hace tiempo, ahora no,
dijo el hombre con los pies de alas.
Y se marchó.
En el Sur había un hombre con la voz quebrada.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
No, no soy yo,
dijo el hombre con la voz quebrada.
Y se marchó.
TRES
Ella siguió por el mundo buscando, por el mundo entero.
Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.
La gitana la miró y le dijo:
El que buscas espera, bajo un árbol, en una plaza.
Ella recordó al hombre con los ojos de agua, al que tenía las manos de seda, al de los pies de alas y al que tenía la voz quebrada.
Y después se acordó de una plaza, de un árbol que tenía flores lilas, y del hombre que estaba sentado a su sombra.
Entonces se volvió sobre sus pasos, bajó la cuesta, y atravesó el mundo. El mundo entero.
Llegó a su pueblo, cruzó la plaza, caminó hasta el árbol y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:
¿Qué hacés aquí, sentado bajo este árbol?
Y el hombre dijo con la voz quebrada:
Te espero.
Después él levantó la cabeza y ella vio que tenía los ojos de agua,
la acarició y ella supo que tenía las manos de seda,
la llevó a volar y ella supo que tenía también los pies de alas.
María Teresa Andruetto
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