viernes, 6 de julio de 2012

"El hombrecito verde y su pájaro"

El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un pájaro. Era un pájaro verde de verde vuelo. Vivía en una jaula verde y picoteaba verdes verdes semillas. El hombrecito verde cultivaba la tierra verde, tocaba verde música en su flauta y abría la puerta verde de la jaula para que su pájaro saliera cuando tuviera ganas. El pájaro se iba a picotear semillas y volaba verde, verde, verdemente. Un día en medio de un verde vuelo, vio unos racimos que le hicieron esponjar las verdes plumas. El pájaro picoteó verdemente los racimos y sintió una gran alegría de color naranja. Y voló, y su vuelo fue de otro color. Y cantó, y su canto fue de otro color. Cuando llegó a la casita verde, el hombrecito verde lo esperaba con verde sonrisa. -¡Hola pájaro! -le dijo. Y lo miró revolotear sobre el sillón verde, la verde pava y el libro verde. Pero en cada vuelo y en cada trino, el pájaro dejaba manchitas amarillas, pequeños puntos blancos y violetas. El hombrecito verde vio con asombro cómo el pájaro ponía colores en su sillón verde, en sus cortinas y en su cafetera. - ¡Oh, no! -dijo verdemente alarmado. Y miró bien a su pájaro verde y lo encontró un poco lila y un poco verdemar. - ¡Oh, no! -dijo, y con verde apuro buscó pintura verde y pintó el pico, pintó las patas, pintó las plumas. Verde verdemente pintó a su pájaro. Pero cuando el pájaro cantó, no pudo pintar su canto. Y cuando el pájaro voló, no pudo pintar su vuelo. Todo era verdemente inútil. Y el hombrecito verde dejó en el suelo el pincel verde y la verde pintura. Se sentó en la alfombra verde sintiendo un burbujeo por todo el cuerpo. Una especie de cosquilla azul. Y se puso a tocar la flauta verde mirando a lo lejos. Y de laa flauta salió una música verdeazulrosa que hizo revolotear celestemente al pájaro. El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un miedo verde. Un buen día se encontró con que su verde pájaro cantaba canciones amarillas y violetas, volaba con vuelos azules, y ya nada estaba igual. Todo era un verde dolor de cabeza. Por eso el hombrecito verde empezó a pensar qué cosas habría un poco más allá de su país verde, detrás de la mata verde. Qué cosas de allá hacían que todo cambiara tanto del lado de acá. Estaba desconcertado y tenía verdes dudas sobre las cosas. - El mundo siempre fue verde -rezongaba, tomando un verde mate-. Siempre fue verde y así está bien. Y reprimía los suspiros porque vaya a saber de qué color le saldrían. Entonces el hombrecito verde se metió en la cama verde y se tapó la cabeza con la verde almohada. Cerró con fuerza los ojos y no pudo evitar ver, en el fondo de lo negro, un montón de dibujos dorados. Soñó que su pájaro se escapaba y se iba más llá de las matas verdes. Y en el cielo del atardecer empezaba a planear sobre un montón de paisitos, uno al lado del otro. Un país era azul. Otro era violeta. Otro era blanco. Otro, amarillo. Y otro. Y otro. Y otro. Ninguno se mezclaba con su vecino. Los hombres violetas tenían casas violetas y los perros violetas olisqueaban el pasto violeta y violetamente hacían pis en los árboles violetas. El humo de las fábricas azules hacía toser azulmente a la gente azul. Y en el Banco blanco, la blanca gente cobraba cheques blancos, para comprar blancos bifes. Los chicos marrones salían gritando palabras marrones de la escuela marrón. Y así otro. Y otro. De pronto, una rosa vio al pájaro. Un pájaro verde en el cielo rosa. -¡Qué es eso! -gritaron todos con rosado grito, y empezaron a tirarle tomates rosas. Y los violetas empezaron con los tomates violetas, los celestes con los tomates celestes, los dorados con los dorados, mientras el pájaro planeaba, iba y volvía por el aire, subía, se hamacaba en medio del tiroteo de tomates de todos colores. De vez en cuando picoteaba algún tomate y estaba encantado, porque los tomates, según su color, tenían un riquísimo sabor diferente. Pasó también que los tomates iban cayendo a tierra, pero caían en cualquier parte. Un tomate azul, sobre la cabeza del quiosquero blanco. Un tomate amarillo, sobre el zapato de la doña Anisia, la rosa. Un tomate anaranjado, sobre el caballo de don Antelino, el bordó. Y así, tomate va, tomate viene, los paisitos se fueron matizando, mezclando sus colores, volviéndose un bochinche nunca visto entre esa gente. ¡Paf!, un tomate amarillo cayó sobre el hombrecito verde que soñaba. -¡Perejiles! -dijo, porque siempre trataba de nombrar cosas verdes. Y se vio un poco amarillo y recordó todos los colores del sueño. Miró a su alrededor, la almohada verde, la verde pava y su sillón verde. -Un poco verde -dijo-. Todo es un poco demasiado verde. Y con un silbido naranja llamó a su pájaro. Con la salida del sol llegó una pajarita que empezó a revolotear entre los azahares. De pronto cada uno salió disparado para un lugar diferente. Y fueron regresando con algo en el pico. Primero no se notaaba nada. Pero al tiempo, lana va, pelo viene, empezó a crecer un nido de colores reforzado con palotos y tapizado con todas las cosas suaves, blandas y mullidas que encontraron por ahí. Hasta que un día el hombrecito se asomó al nido para espiar y vio en el fondo tres pequeños huevos violetas. Y una mañana escuchó un alboroto muy grande en el limonero. El pájaro cantaba en laa punta sus silbidos de arcoiris mientras la pajarita hacía chip chip, calentando a los pichones pelados que comían como dragones todo lo que sus padres les trajeran. El vecindario verde estaba un poco alborotado. Las vecinas barrían con sus verdes escobas las veredaas verdes y hablaban muy temprano sobre esos pájaros que tenían reflejos un poco lila y un poco verdemar. Doña Soledad no dejó que su nieta se quedara mirando los pájaros. Don Andresito se hizo el que no vio nada. Mejor no meterse. Dalila y su marido encerraron en una pieza a la nena y al canario verde. Marinés, la que tejía en telar con lana verde, se puso a espiar a los pájaros. Y el hombrecito la espiaba espiarlos. Los chicos fueron los primeros en ver la novedad. Entonces llevaron corriendo una casita para pájaros a la plaza, así podrían acercarse. Pero el guardián verde de la plaza verde sacó la casita. Los chicos la pusieron de nuevo. El guardián la sacó. Los chicos y el hombrecito la pusieron. El guardián la sacó. Los chicos, el hombrecito, Marinés y el diarero la pusieron. El guardián y otra gente verde de bronca la sacó. Los chicos, el hombrecito, Marinés, el diarero, las maestras y otra gente la pusieron de nuevo. Y los dos bandos estaban muy enfrentados cuando chip, chip, empezaron a chisporrotear los pichones, y alguien empezó a comentaar en voz baja que las siemprevivas podrían quedar muy lindas debajo del limonero. Y una señora dijo que le gustaban los bancos anaranjados para sentarse a tejer. Y un señor le dijo que quedaría lindísima tejiendo con lana gris sobre un banco anaranjado. Y a la maestra le gustó que las tizas escribieran en rosa sobre los pizarrones verdes. Y a los chicos les gustó que los avioncitos de papel que se tiraban fueran de todos colores. Y como quien no quiere la cosa todos empezaron a mirarse y a decirse qué les gustaba y qué no. -¡Nunca me lo habías dicho! -comentó una vecina a la otra. -¿Así que te gustan los paraguas rojos? -le preguntó un intendente a su señora. - No me gusta tu cara verde -dijo alguien. - Y a mí no me gusta tu bocaza de decir cosas verdes -contestó el otro- Y no faltaron los enojos. Y no faltó tampoco el que dijo: - ¡Pero qué desorden! ¡Ya nada es como antes, si esto empieza así...! Y no faltaron los que dieron las espaldas verdes rezongando verdes rezongos contra esa gente que desbarataba el vecindario verde y alborotaba tanto. El hombrecito se sumó a los corrillos donde todos decían me gusta, no me gusta, me gusta, no me gusta. Vio a Marinés, la del telar, que ahora hablaba de cambiar la lana. Y le entró algo así como un suspiro. -¿Y de dónde sacaré cosas nuevas? -se preguntó el hombrecito mirando su pava verde, su sillón verde, su casa verde. Y miró soñadoramente por sobre las matas, pensando vaya a saber qué. Por fin llamó a sus pájaros y les pidió que silbaran un mensaje en las comarcas detrás de las matas. Y fue una buena idea, porque al poco tiempo una fila de gente de todos los colores llegó serpenteando por los matorrales. Cada uno traía una cosa de color para cambiarla por una cosa verde. Y eran tantos pares de pies viniendo uno tras otro, que terminaron abriendo caminos en donde antes había sólo matorrales. Todo el mundo parloteaba y conversaba y se reía, y por ahí se tironeaban un poco, pero finalmente todo anduvo bien, y la gente se fue encantada de haber conocido un lugar tan lindo. Y el hombrecito no pudo más de ganas y se pudo a acomodar la casa. La pava roja en el lugar de la pava, los banquitos, las cacerolas, los carreteles de hilo. La casa era un destello. Cansado, el hombrecito se fue haciendo un ovillo en la cama tibia. Los pájaros se esponjaban en el nido entre suaves parloteos. Y vaya a saberse. Vaya a saberse qué sueños soñaron aquella noche en que la casita tuvo todos los colores del mundo. de Laura Devetach. Tomado de: "Cuento con vos. Un 
libro de cuentos sobre tus derechos"
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miércoles, 4 de julio de 2012

Picaflores de cola roja.

El frío espiaba por la ventana del aula. Los chicos y las chicas se frotaban la punta de los dedos para poder escribir las palabras que dictaba la señorita Sonia todas las santas mañanas a la primera hora. ¿Habrá traído hoy el superdictado? rezongaban cuando la veían venir toda de plata entre la neblina del fondo de la calle.¿Superdictado? preguntaban. Sí reía la señorita Sonia, y entraba al aula a escribir en ese cuaderno que tienen las maestras y nunca se sabe a quién se lo muestran. Uf decían los chicos y las chicas. Después jugaban con el frío a fumar cigarrillos inventados. Despedían por la boca vapor azul, vapor con secretos, vapor de palabras escondidas, vapor de preguntas que no se animaban a hacer. Lena sacudía una cabellera de propaganda de champú y hacía aletear los pájaros de sus pestañas. Manuel se sacaba el sombrero invisible y la saludaba. Después echaba adentro la ceniza de su gran cigarro de señor muy ocupado. Lena se rociaba con esencias de lejanas islas y ponía cara de televisión. Manuel, con la misma cara, tenía una pipa de madera tallada por un silencioso navegante. Hoy haremos dictado de palabras difíciles dijo la señorita Sonia. Los chicos y las chicas arrugaron las sonrisas. Manuel regaló a Lena una pastilla de naranja y ella pudo reír otra vez. La puerta del aula estaba cerrada. El frío quedó solo, afuera. Alguien había dibujado un corazón en el cristal empañado de la ventana. Un corazón que se borraba y volvía a aparecer porque siempre algún dedo se enfriaba dibujándolo. Ornitorrinco dictó la señorita Sonia , murciélago, cuchichear. Lena y Manuel trataban de escribir con rapidez para tener tiempo de mirarse de reojo y seguir jugando a inventar cosas con el vapor de sus bocas entre palabra y palabra. Alelí, relampaguear, izar seguía goteando la voz de la maestra. El vapor de Lena se convirtió en un vestido de fiesta verdemar, con música en el ruedo. Carnívoro, facilísimo. Manuel hizo una guitarra eléctrica y la tocó. Lena lo miraba como quien ve el color de la música. Lena hizo una calle florecida de paraguas rojos, azules y amarillos, con dulzor de praliné. Ella, Manuel y la guitarra allí estaban, paseando y cantando. Manuel hizo un jazmín para regalar a Lena. Lena hizo una trenza de pasto para Manuel. Automovilístico, odontólogo dictaba la señorita Sonia . Lena, Manuel, atiendan porque voy a dictar una sola vez cada palabra. Los chicos se pusieron colorados, pero solamente un ratito. Vieron que sus compañeros, de una manera o de otra también llenaban el aire con figuras de vapor. Había un piel roja con chaleco de cuero. Una princesa de trenzas que caían al suelo desde la ventana de una torre altísima, Un marciano con ojos de arena y voz para recitar poemas. Una hermosa agente secreto que bailaba como una rama de mimbre. De pronto toda la clase pegó un respingo y la señorita Sonia tuvo que dejar de dictar y, sobresaltada, preguntar qué pasa, pero qué pasa, qué les pasa; porque del fondo de un pupitre o de un tintero o del polo norte del globo terráqueo, salieron volando dos picaflores de cola roja. (…)Laura Devetach
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Mercedes Sosa

Mercedes Sosa (* San Miguel de Tucumán, Argentina, 9 de julio de 1935 – Buenos Aires, Argentina, 4 de octubre de 2009) Conocida como La Negra Sosa o La Voz de América, fue una cantante de música folclórica argentina reconocida en América Latina y Europa, considerada como la principal cantante de Argentina. Fundadora del Movimiento del Nuevo Cancionero y una de las exponentes de la Nueva canción latinoamericana. Incursionó en otros géneros como el tango, el rock y el pop. Se definía a sí misma como «cantora» antes que «cantante», en lo que fue una distinción fundamental de la nueva canción latinoamericana de la que ella fue una de las iniciadoras: «Cantante es el que puede y cantor el que debe» (Facundo Cabral). Ese ideal fue expresado por Mercedes Sosa en los títulos de sus álbumes como Canciones con fundamento y Yo no canto por cantar. Entre las interpretaciones con que se ha destacado en el cancionero latinoamericano se encuentran Canción con todos, Alfonsina y el mar, Gracias a la vida, Como la cigarra, Zamba para no morir, La maza, Todo cambia, Duerme negrito y Calle angosta. Entre sus discos se destacaron Canciones con fundamento (1965), Yo no canto por cantar (1966), Mujeres argentinas (1969), Homenaje a Violeta Parra (1971), Cantata sudamericana (1972), Mercedes Sosa interpreta a Atahualpa Yupanqui (1977), Mercedes Sosa en Argentina (1982), Alta fidelidad (1997) y su interpretación de la Misa criolla (2000). Su último trabajo es Cantora, lanzado poco antes de su muerte, un álbum doble donde interpreta 34 canciones a dúo con destacados cantantes iberoamericanos, y cierra con el Himno nacional argentino.

martes, 3 de julio de 2012

El Hilo Que Lo Conecta Todo

Eres el hilo que lo conecta todo, me hilvana a la música, al color, a las palabras, a los sentimientos, a la naturaleza, al pensamiento, al deseo, al espíritu. Antes de encontrarte, yo era un ramo de cosas entremezcladas, ahora soy una luz única en la que todo está fundido, aglutinado, amasado sin grumos, procesado, unificado en el sentido literal del término. Diste vuelta el cielo para volcarme las estrellas. Ovillaste el canto para atármelo al alma. Aunque me quede quieta pongo en movimiento todo lo que construye al mundo: ternura, alegría, amor. Y lo que lo transforma: mareas, huracanes, hielos, fuegos, sequías... Me voy abriendo. Y al abrirme, me expando, crezco, llego a los confines, vuelvo y entro en mí. En todas partes estás, precediéndome o esperándome. Eso es lo que más amo en ti: tu puntualidad para vencer mi soledad. Tu perseverancia para pulverizar mi pena y echarla al aire. Tu fuerza para ocupar los espacios ambiguos que existen en un ser: el espacio de la duda, el de la indecisión el de la inquietud, el del desgano... Los transformaste en depósitos de vida, latidos de reserva, semillas de tumbergias rosadas (que ya no sé si existen estas flores cuyo nombre me enseñó Silvina Ocampo). No te voy a decir que es la primera vez que me enamoro, porque no es verdad. Pero sí es la primera vez que "me enamoran". Que no elegí, que no ejercí el control desde el principio. Que sucedió sin que me diera cuenta. Que cuando supe, ya lo habías resuelto. Y empecé, entonces, a desatarme. A abrir todas las puertas. A deshacer los nudos. A tirar las piedras a los costados del camino. A respirar llenando los pulmones. A desprenderme culpas y dolores, resentimientos y rencores y dejarlos en papeleros amarillos. Me gusta tu nombre estereofónico, tu voz vibrante y áspera... ¡bah, todo me gustas! De pe a pa. Tu risa un poco tímida. Tus manos sensitivas. La forma en que entornas los ojos con un movimiento casi infantil, como si los párpados pudieran defender todo lo que se lee en ellos. Y tu mirada rápida, directa, que se adelanta siempre a tus palabras, como si les fuera abriendo paso. Me gusta que te importe lo que digo, lo que pienso, lo que siento. Que tengas curiosidad por todo lo que tiene que ver conmigo. Que estés constantemente tratando de asomarte a mi corazón. Para que puedas espiarlo, lo dejo descubierto. Quiero que sepas de mí más de lo que yo misma sé. Que por una vez en mi vida alguien me explique por qué hago o digo..., alguien me dé un consejo acertado, me haga razonar, me brinde un poco de par..., alguien me saque del torbellino cotidiano, de la envidia de los inútiles, del orgullo de los ínfimos y del desagradecimiento de los mendicantes. Alguien que puede mirar de frente el rostro de los ángeles y que hasta los conoce por sus nombres. Alguien que guarde boletos capicúa, programas de cine, servilletas con el nombre de las confiterías, cajitas de fósforos, sobrecitos de azúcar de todos los lugares por donde viaja. Alguien que conoce el nombre de las estrellas y puede señalar las constelaciones. El hilo que lo conecta todo: cuerpo, mente y espíritu, con la fuerza del cosmos y la vitalidad de la naturaleza. Un hilo que me envuelve, que me hilvana al diamante y a la flor, a la espuma del mar, al granizo, al vuelo del cóndor, al aletear mágico del colibrí, a tu voz, a tu abrazo, a las esquirlas de tu amor cayéndome en el cuerpo. Autor: Poldy Bird Buenos Aires - Argentina Photobucket
 
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