viernes, 6 de enero de 2012

Los Caballeros de la Quema




Los Caballeros de la Quema

Alejandro Sorraires: saxo
Iván Noble: voz
Javier "Nene" Cavo: batería
Martín Carro Vila: bajo
Martín Mendez: guitarra
Martín "Cafusa" Staffolari: saxo
Pablo Guerra: guitarra.

Oriundos de Morón, Los Caballeros de la Quema se formaron a mediados de 1990 y lanzaron en 1991 su primera producción independiente, "Primavera negra".

Salieron al ruedo comercial con un buen álbum en 1993 ("Manos vacías"), que tras un pequeño tiempo de éxito, desapareció de las radios comerciales. Joaquín Sabina quedó impresionado con este disco y los contactó para abrir su show en el estadio de Ferro.

En mayo del '94, 3000 espectadores se reúnen en la 9 de Julio en recuerdo de Walter Bulacio (asesinado por la policía en un recital de Los Redondos) para escuchar a Los Caballeros de la Quema, La Renga y Los Piojos. En noviembre telonearon el show de Aerosmith y Jimmy Page, en Velez y presentaron masivamente su segundo disco, "Sangrando" (1994).

Carro Villa fue reemplazado por Patricio Castillo y con esta nueva formación encararon la gira del Nuevo Rock Argentino por el interior.

Para "Perros, perros y perros", la tercera placa, se volvieron a producir cambios en la formación, con el alejamiento del saxofonista Soraires. León Gieco participó de la grabación. El corte de difusión fue "No chamuyés".

A fines de 1996 participaron del Festival Alternativo que se organizó en Ferro, donde compartieron escenario con Marylin Manson y Cypress Hill, entre otros.

A comienzos del '98 se presentaron en el ciclo Buenos Aires Vivo II en los bosques de Palermo. Si bien el plato fuerte de la noche eran Las Pelotas, había cerca de 40.000 personas en el momento en que tocaron una quincena de temas de todo su repertorio.

"Fulanos de nadie" consolidó el crecimiento de los Caballeros como una banda abierta a diferentes estilos musicales, pasando del rock al reggae, por las baladas y al bandoneón de Néstor Marconi.

En el comienzo de 2002, Los Caballeros anunciaron escuetamente a través de un texto en su website, que habían decidido separarse. El casamiento de Iván Noble con Julieta Ortega (hija del cantante y político Palito Ortega) había sido determinante.
http://www.rock.com.ar/artistas/los-caballeros-de-la-quema

miércoles, 4 de enero de 2012

Leyenda del Ceibo

Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita fea, de rasgos toscos, llamada Anahí. Era fea, pero en las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños... Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad. Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva. El grito del moribundo carcelero, despertó a los otros españoles, que salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre Anahí, quien al rato, fue alcanzada por los conquistadores. Éstos, en venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera. La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Y cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro. Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento. (Argentina)

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lunes, 2 de enero de 2012

La leyenda del Pehuen

Desde siempre Nguenechén hizo crecer el pehuén en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban eses tierras no comían los piñones porque creían que eran venenosos. Al pehuén o araucaria lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones.

Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos. Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban mucha hambre, muriendo especialmente niños y ancianos. Ante esta situación los jóvenes marcharon lejos en busca de comestibles: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres.

Pero todos volvían con las manos vacías, pareciendo que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente se seguía muriendo de hambre. Pero Nguenechén no los abandonó, y sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado se encontró con un anciano de larga barba blanca.

- ¿Qué buscas, hijo? -le preguntó

- Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre. Pero por desgracia no he encontrado nada.

- Y tantos piñones que ves en el piso bajo los pehuenes, ¿no son comestibles?

- Los frutos del árbol sagrado son venenosos abuelo -contestó el joven.

- Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en sitios subterráneos y tendréis comida todo el invierno.

Dicho esto desapareció el anciano. El joven siguiendo su consejo recogió gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido.

Enseguida reunieron a todos y el jefe contó lo acaecido hablándoles así:

- Nguenechén ha bajado a la tierra para salvarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado que sólo a él pertenece. Enseguida comieron en abundancia piñones hervidos o tostados, haciendo una gran fiesta.

Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra y se mantenían frescos durante mucho tiempo.

Aprendieron también a fabricar con los piñones el chahuí, bebida fermentada. Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de pehuén, rezan mirando al sol:

“A ti de debemos nuestra vida y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados“.

Leyenda argentina.


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domingo, 1 de enero de 2012

La leyenda del Cóndor

El cóndor no siempre usó la golilla que lleva tan elegantemente en el cuello. Se acostumbró a su uso después de haber sido derrotado, luego de una vergonzosa lucha contra un diminuto rival. Cuenta la leyenda que don Cóndor había bajado al valle en ocasión de unas “chinganas” que se celebraban con motivo de Semana Santa.

En uno de los tantos bodegones instalados cerca de una plaza, conoció a un compadrito charlatán y pendenciero, muy famoso en el pago por su apodo de “Chusclín”. Se trataba nada menos que de un vulgar chingolo.

Luego de una entretenida charla, en la que don Cóndor y Chusclín alardeaban de pendencieras hazañas y famosas “chupaderas” (en Cuyo “chupar” significa beber vino), como fin de la conversación, formularon entre sí una singular apuesta.

Se desafiaron a beber vino: el que “chupara” más sin “curarse” (embriagarse), ganaría la apuesta y el perdedor pagaría el vino consumido y la “vuelta ” para todos.

Tanto don Cóndor como Chusclín empinaron sus respectivas damajuanas y así se inició la puja. Don Cóndor de buena fe trataba de agotar el líquido “de una sentada”, sin reparar que Chusclín arrojaba al suelo cada sorbo que bebía sin que su rival lo notara.

Como don Cóndor no estaba tan acostumbrado al vino como Chusclín, pronto empezó a sentir dolor de cabeza y para atenuarlo se ató un pañuelo, a modo de vincha. Al advertir el juego de su contrincante, lo increpó y se le fue encima. Chusclín, veterano peleador, lo esperó sereno y confiado.

Poco duró la pelea porque el chingolo con un certero golpe hizo sangrar la nariz de su antagonista, quien sólo atinó a defenderse.

En el entrevero, el pañuelo que don Cóndor tenía atado a la cabeza se le cayó y desde entonces allí lo lleva.
Desconozco autor.



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