viernes, 9 de septiembre de 2011

Terapia. José Gobello

Terapia

Me ne fute si el tiempo me flagela
con canas, reumatismo, tos, juanete,
o dándole un biandún de la gran siete
a la tersura de mi caripela.

Me ne fute la guita que se vuela
dejándome vacío el cabalete,
mientras un funcionario gasta, al cuete,
lo ajeno y con chamuyo me camela.

Me ne fute vivir siempre en el brete,
sin beguén, vulevú ni francachela
que me metan en líos sin gollete

o me encajen un clavo en la chinela,
si es que llega, prendida del chupete,
esa petisa que me llama abuela.

Convendrá, sin duda, explicar
el significado de algunos términos:
me ne fute, no me importa;
biandún, golpe; caripela, rostro;
cabalete, bolsillo; al cuete, en vano;
beguén, enamoramiento; vulevú, modo
o manera propio de la alta clase social.
José Gobello Poeta Lunfardo

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martes, 6 de septiembre de 2011

Los Abuelos de la Nada - Costumbres argentinas


Costumbres argentinas


Muerdo el anzuelo y vuelvo
a empezar de nuevo cada vez.
Tengo en la mano una carta
para jugar el juego cuando quieras.


Caminando, caminándote,
mi calle que quizás yo pueda cambiar.
Esperando, esperándote,
costumbres argentinas de decir no.


El problema es otra vez la situación
cada vez peor del corazón,
yo camino todo y veo
cada vez que quiero y te espero.


Caminando, caminándote,
mi calle que quizás yo pueda cambiar.


Esperando, esperándote,
costumbres argentinas de decir no.


Los Abuelos de la Nada

lunes, 5 de septiembre de 2011

5 de septiembre: Día Nacional del "lunfardo"

La literatura lunfarda comienza, quizá, con aquella cuarteta citada el 17 de marzo de 1879 por Beningo B. Lugones, quien la llamó "la única poesía lunfarda que existe":

Estando en el bolín polizando,
se presentó el mayorengo:
"A portarlo en cana vengo,
su mina lo ha delatado".

Por entonces, la musa lunfarda solo derramaba su inspiración en las celdas de las cárceles donde algunos presos cantaban, en versos rudimentarios, las nostalgias de sus fechorías. Antonio Dellepiane reprodujo en El idioma del delito (1894) un par de esas composiciones y esta cuarteta memorable:

Cuando el bacán está en cana,
la mina se peina rizos:
no hay mina que no se espiante
cuando el bacán anda misho.

El lunfardo es todavía, para esa fecha, la tecnología criminal que estudia el futuro internacionalista Luis María Drago en Los hombres de presa (1888) y explica Fray Mocho en Memorias de un vigilante (1897). Sin embargo, ya comienza a ganar la calle y a infiltrarse en la literatura popular. Primero, el periodismo, donde militan hombres que habrán de dejar huella en la literatura argentina, y luego el teatro, espejos ambos de costumbres y de realidades, le dan cabida y lo lanzan a la circulación.

Espiantar, espiante, chirlo son palabras que aparecen ya en los folletines de Eduardo Gutiérrez, y en 1898, cuando escribe Gabino el mayoral, Enrique García Velloso acopia un buen número de lunfardismos: escrushante, espiantar, estrilar, funyi, otario, refilar, etc. El lunfardo sale a la calle y se empapa con tinta de imprenta a lo largo de las dos últimas décadas del siglo XIX. A fines de dicha centuria y a principios de la actual, se divulga una abundante versificación lunfarda, publicada en folletos hoy inhallables, que motivó en 1902 el severo examen de Ernesto Quesada. Las revistas populares, por esa época, y los diarios del mismo carácter, alrededor del Centenario, acogen versos y prosas lunfardas, o mechados de lunfardismos; producción que se prolonga luego en las letras de tango y en revistas como El Alma que Canta, El Canta Claro, La Canción Moderna.

El teatro, puesto que copió escenas y tipos populares, no pudo prescindir del lunfardo, que, a principios de siglo, era la lengua viva de los conventillos y los peringundines, a la que enriqueció, como las literaturas enriquecen siempre los idiomas, con giros y modismos, y, excepcionalmente, también con algún nuevo vocablo. Si nuestra antología no se hubiera propuesto ser breve, habría dedicado gran número de páginas a ofrecer una muestra aproximadamente completa del lunfardo escénico. La estrechez del espacio asignado a este trabajo nos determinó, empero, a registrar solo a tres autores, en representación de todos sus colegas: Florencio Sánchez, Alberto Vacarezza y José González Castillo.

El lunfardo tentó a los escritores populares. Félix Lima –como más tarde Roberto Arlt– lo usó en sus viñetas periodísticas. Evaristo Carriego compuso algunas décimas en lenguaje cerradamente carcelario, que parcialmente reprodujo Borges en su ensayo (1930), y de las que transcribimos una serie íntegra. Bastante tiempo después, Enrique González Tuñón glosó letras de tango en el lenguaje que el tango usaba entonces. No se trata, ciertamente, de escritores lunfardos; pero como no desdeñaron las posibilidades expresivas de los lunfardismos, a los que abrieron una generosa perspectiva literaria, su inclusión en este volumen nos pareció indispensable.

Problema imposible de resolver satisfactoriamente fue el del espacio que debíamos dedicar al tango. Una insondable y desigual literatura tanguera amenazó, de entrada, con aplastar este tomito. Mucho dudamos frente a ella, hasta que optamos por conferir su representación a una sola composición: Mi noche triste, de Pascual Contursi. Esta elección, por lo demás, no fue caprichosa. Entendemos que, si es cierto que Mi noche triste inauguró una desdichada época lacrimógena del tango (con claros antecedentes en Carriego y en los payadores urbanos), también es verdad que salvó al lunfardo del destino caricaturesco a que parecía haberlo confiando el sainete.

(...) Podríamos haber enriquecido fácilmente este librito al punto de quintuplicar su volumen, lo que no es posible por razones editoriales de mucho peso y también porque solo nos propusimos brindar una breve selección, en la cual, nombre más, pieza menos, figurase lo más representativo de una literatura que no es tan escasa como quizá imagina el lector y que, aunque menospreciada, ha logrado producir La crencha engrasada. Lo cual no es poco decir.

José Gobello. Luis Soler Cañas.

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viernes, 2 de septiembre de 2011

ARTURO JAURETCHE; MANUAL. DE. ZONCERAS ARGENTINAS

Al tilingo la m… no se le cae de la boca ante la menor dificultad o desagrado que les causa el país como es. Pero hay que tener cierta comprensión para ese tilingo, porque es el fruto de una educación en cuya base está la autodenigración como zoncera sistematizada. Así, cuando algo no ocurre según sus aspiraciones reacciona, conforme a las zonceras que le han enseñado, con esta zoncera también peyorativa.
La autodenigración se vale frecuentemente de una tabla comparativa referida al resto del mundo y en la cual cada cotejo se hace con relación a lo mejor que se ha visto o leído de otro lado, y descartando lo peor.
Jorge Sábato me cuenta que en Nueva York, recibido por un grupo de norteamericanos a quienes acompañaba un ar­gentino, le faltó tiempo a éste para preguntarle como primera noticia de su Patria: —”¿Buenos Aires siempre lleno de ba­ches?” Jorge le dijo: —”Si, hay muchos y te podés romper una pierna. Pero si aquí te metés en el subterráneo después de las cinco de la tarde es casi seguro que te rompen algo… ¡Bueno, todo va en gustos! Yo prefiero romperme una pier­na… y en un bache”.
Pudo agregarle que si se metía en Harlem podría ser víc­tima de la discriminación racial del poder negro, como podría serlo del poder blanco un “negro” argentino que se metiera en Little Rock.
Sin embargo, lo que pasa en el subterráneo de Nueva York, en ciertos barrios de Chicago o en Detroit entre negros y blancos, no nos autoriza, ni a los norteamericanos ni a noso­tros, a suponer que eso solo —y los demás aspectos desagra­dables— den la imagen total de los Estados Unidos. Y mucho menos a un norteamericano, que de ninguna manera dirá que su patria es un país de m… Seguramente pensará a la inversa. Tampoco le ocurrirá al francés, al alemán, al suizo, al inglés o al chino; no excluyo que haya zonzos en todos es­tos países, pero no en la cantidad que aquí y en posiciones dirigentes. Seguramente estarán más cerca de nuestro guaran­go, aquel que mide por el tamaño del bife la significación de lo nuestro. Ya lo veremos a éste, el que canta con Gardel “Mi Buenos Aires querido…”.
Y aquí viene otra zoncera, que es la de afirmar que Buenos Aires está mal nominado porque tiene un clima intolerable. Lo cierto es que Buenos Aires sólo tiene 50 días, a lo sumo, de calores fuertes y no alcanzan a 60 días los fríos o lluviosos, a los que opone una temperatura media, una abundancia de días luminosos, de cielos increíblemente azules y de noches maravillosamente estrelladas, como creo que hay en pocas ciu­dades en el mundo. Pero el tipo, en cuanto transpira un po­quito y no puede estar en Mar del Plata o en Punta del Este, sólo atina a decir: “¡Esta ciudad de m…!”.
En otros libros he hablado de estas dos actitudes opuestas entre el detractor y el guarango sobrador. La de este último es constructiva y no se apoya sobre una derrota previa. La fanfarronería —más porteña que argentina— es susceptible de corrección. ¿Pero cómo corregir al tilingo que es el fruto bus­cado de una formación mental a base de zonceras peyorativas que con el respaldo de próceres al caso, ha afirmado nuestra inferioridad como punto de partida inseparable de su “civili­zación”?
El técnico que se evade con contrato afuera, de preferencia en dólares, es uno de los que más emplea la expresión. Y también el que la justifica. Se comprende al primero pues tiene la mala conciencia de saber que se va del país sin devol­verle lo que éste le ha dado. (Nuestro estudiante universitario cree que su papá, o él mismo, si la trabaja de self made man, son los que le han pagado la carrera cuando en realidad no han contribuido sino con una alícuota ínfima porque aquí la enseñanza universitaria es un servicio público. Así en lugar de creerse deudor cuando se gradúa, se cree acreedor).
Lo mismo que el evadido pontifican los que lo defienden desde la prensa. No es sólo la Argentina sino el mundo entero quien proporciona técnicos al país de más recursos y de téc­nica más adelantada. Dicho sea en favor de los mejores de éstos que muchas veces van a perfeccionar sus conocimientos para luego retornar. Pero los justificadores de los evadidos para hacerlo apelan también a la denigración. Ahora somos un país de m… porque no los retenemos. Hace 25 años para la misma gente, cuando los técnicos se importaban porque no los había, éramos un país de m… por la razón inversa.
Pero en realidad se trata siempre del juego de la menta­lidad colonial.
Después de la guerra los técnicos de los países vencidos se propusieron trasladarse en gran cantidad a la Argentina que se encontró, en razón de su neutralidad durante el conflicto, con la posibilidad de adquirir gran parte de la técnica alema­na. En cuanto comenzaron a venir, algunos, los Santander y demás yerbas imputaron nazismo al gobierno que posibilitaba su venida e hicieron una campaña de difamación destinada a impedir que la Argentina adquiera ese capital. Entre tanto los rusos y los norteamericanos se los disputaban técnico por técnico valiéndose desde el soborno hasta el secuestro, y gran­de ha sido su contribución, tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética, para el desarrollo tecnológico de los mis­mos. Después de la revolución de 1955 los pocos técnicos germanos que vinieron tuvieron que huir. ¿Adónde? A Rusia o a Estados Unidos. Y esto contó con el apoyo de la prensa que ahora se aflige por la evasión de técnicos. Como se ve, en este caso más bien que de un complejo de inferioridad se trata de una clara actitud de agentes provocadores.
¡Este país de m… que da refugio a los técnicos nazis! ¡Este país de m… que permite la evasión de sus técnicos! Palos porque bogas y palos porque no bogas.
En este momento se está renovando la cañería de gas de la calle Esmeralda, donde vivo. Y los mismos vecinos que protestaban porque escaseaba el combustible protestan ahora porque se están haciendo las obras que lo darán en abundan­cia. ¡Y siempre este país de m…! Lo dice el vecino y lo dice el conductor de vehículos que tiene que desviarse y el pasa­jero del colectivo. Ningún órgano de opinión se preocupa de explicarle a la población que las constantes aperturas de ca­lles —por el gas, la electricidad, las obras sanitarias, etc.— tienen su causa lógica en que Buenos Aires se modernizó jus­tamente a principios de siglo y de un solo golpe en la parte céntrica, por lo cual también al mismo tiempo termina la vida útil de las instalaciones dentro del radio céntrico. No así en los barrios cuya urbanización se escalonó en el tiempo.
Con un poco de amor al país todos los órganos de publi­cidad debían dar esta explicación pero no lo hacen porque subconsciente o conscientemente piensan que este es un país de m… y hay que provocar lamentos y no afirmaciones opti­mistas. En la misma página o en la siguiente nos informan que París se está blanqueando íntegramente, o de cualquier obra de progreso que se realiza en otro lugar del mundo, con los mismos inconvenientes transitorios para los pobladores… Pero cuando se trata de lo que ocurre en el exterior no se trata de un país de m… sino todo lo contrario.
No pretendo, caso por caso, señalar el empleo de esta amable, si que escatológica imagen del país, pero interesa a través de lo referido señalar cómo hay una natural predisposi­ción denigratoria que no es otra que el producto de una for­mación intelectual dirigida a la detractación de lo nuestro. El lector no tiene más que hacer memoria, y verificar en él mismo, el continuo uso que hacemos de la expresión. Porque también, yo pecador, empecé de niño fenómeno:
En el cielo las estrellas,
en el campo las espinas,
etc., etc.

Y ya crecidito más de una vez salí con lo de este país de m…Texto de Jauretche, una de sus Zonceras


ARTURO JAURETCHE. MANUAL DE ZONCERAS ARGENTINAS


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